Te quiero porque en menos de dos semanas ya te escribía
por las noches.
Te quiero porque entiendes mis miedos, los escuchas, y
luego los acaricias. Y en vez de espantarlos, dejas que se duerman en tu
hombro, y esperas a que mueran solos, o mejor, a que dejen de atacarme por las
noches. Y si reaparecen en pesadillas me agarras la mano, y me dices que todo
está bien. Que todo va a salir bien.
Te quiero porque me pides que sonría. Y porque lo que no
sabes es que mi sonrisa sólo sabe sonreír por ti.
Te quiero porque eres la mejor almohada que jamás he
tenido, y teniendo en cuenta lo que me gusta dormir… Y más ahora, que te sueño.
Que puedo soñarte sabiéndote. Porque yo llevo media vida soñando contigo, Amor.
Pero ahora ya no eres sólo sueño. Ahora eres el lado derecho de mi cama. Y
créeme que después de besarte, cualquier verso es escaso. Me refiero a tus
be(r)sos, que siempre van a parecerme escasos desde aquél nueve.
Te quiero porque desde que te conozco la vida no me
asusta (tanto) y porque apostaste tu todo por mí, y así es imposible no querer
tirarse de cabeza y sin salvavidas a tu mar.
Te quiero porque aguantas y esperas… y ME esperas.
Te quiero porque estoy hecha para quererte y besarte los
costados y abrazarte por la espalda.
Te quiero porque me siento a salvo contigo mientras me
siento presa de ti a la vez que libre.
Te quiero porque cantas conmigo mis canciones favoritas.
Y me cocinas. Y me traes el desayuno a la cama, y las sonrisas con triple de
azúcar.
Te quiero porque tu sonrisa es lo más bonito que veré en
vida. Y porque me perdería cualquier atardecer naranja del mundo por verte
amanecer.
Te quiero porque no hay mejor sábana que tu abrazo, ni
mejor colchón que tu cuerpo. Como tampoco existe mejor calefacción que el calor
que desprende tu piel.
Te quiero porque me has besado las lágrimas… varias
veces… y… pues eso.
Te quiero porque Amor y tu nombre empiezan por la misma
letra, y eso no puede ser casualidad.
Pero sobre todo, te quiero porque te he presentado a mis
fantasmas y en vez de girarte, les has sonreído a los ojos y después me has
mirado y me has susurrado el “te quiero”
más sincero que jamás volveré a escuchar.
Te escribí a las dos semanas de conocerte.
Te versé.